Por: Guillermo N. Murray Tortarolo
Aunque su nombre suena casi tierno “El Niño”, sus efectos desastrosos pueden sentirse en prácticamente todos los rincones de nuestro mundo. El Niño es uno de los fenómenos que causa mayor variabilidad climática en el planeta. Durante los años en que ocurre este fenómeno, la atmósfera y los océanos parecen salirse de su libreto habitual: algunas regiones reciben lluvias extraordinarias, otras enfrentan sequías severas, las temperaturas aumentan y los patrones climáticos se vuelven más difíciles de anticipar.
El Niño ocurre cuando las aguas superficiales del Pacífico tropical central y oriental se calientan más de lo normal. Este calentamiento altera la circulación atmosférica global y modifica la distribución de lluvias y tormentas. Pero, no todos los eventos de El Niño son iguales. Hay algunos años débiles y relativamente breves, mientras que otros pueden ser intensos y largos, dejando huellas profundas en la vida cotidiana de millones de personas. Para 2026 y 2027, varios centros internacionales de monitoreo climático han señalado una probabilidad creciente de que se desarrolle un nuevo evento de El Niño. Aún existe incertidumbre sobre su intensidad, pero la posibilidad de que sea fuerte ha encendido las alertas globales.

¿Qué significa esto para México? La respuesta corta es: incertidumbre climática con ganas de agarrarnos de sorpresa y crear caos. En algunas regiones puede favorecer condiciones más secas; en otras, puede modificar la frecuencia e intensidad de tormentas, huracanes o lluvias fuera de temporada. En general, suele significar mucho más calor de lo habitual. Aunque no podemos predecir el futuro, podemos ver que sucedió en condiciones similares en el pasado. Un buen ejemplo fue El Niño de 1997–1998, uno de los eventos más intensos registrados, que en México se asoció con sequía, altas temperaturas, pérdidas agrícolas, afectaciones pesqueras e incendios forestales. Quizá la imagen más clara de aquel año fue la temporada de incendios de 1998, una de las más severas en la historia reciente del país. Una advertencia de lo que podría esperarnos en este 2026 y 2027.
De hecho, este inicio de 2026 ya nos ha mostrado algunos patrones climáticos poco habituales. En varias zonas del país, la temporada de lluvias pareció adelantarse, con eventos tempestuosos durante marzo y abril, meses que normalmente asociamos más con calor, sequedad y espera de las primeras lluvias importantes. Si bien no todo evento extraño puede atribuirse directamente a El Niño, sí es una señal de que vivimos en un sistema climático cada vez más variable. El Niño, entonces, no debe entenderse como una simple curiosidad oceanográfica. Es una pieza clave del rompecabezas climático global. Y en un país como México, donde millones de personas dependen directamente del clima para producir alimentos, tener agua o protegerse de desastres, entenderlo no es un lujo científico: es una necesidad urgente.
Guillermo Murray-Tortarolo es un científico mexicano que estudia el cambio climático y las interacciones entre los sistemas humanos y naturales. Es investigador en la Universidad Nacional Autónoma de México, donde utiliza modelos y análisis de datos para entender cómo el uso del suelo impacta el clima. Ha participado en proyectos internacionales enfocados en mejorar proyecciones climáticas y apoyar decisiones de política ambiental. También impulsa la divulgación científica como herramienta para enfrentar los retos del cambio global.
